Igual que las veces que has entrado por la ventana abierta
de mi alma he desaparecido instantáneamente en ese sublime acto de amor.
El viento entra detrás de ti penetrando furtivamente en mis huesos
ya rotos de tanto andar entre piedras filosas. Lucho contra el que nada lo detiene, ni mi
incesante balancear ni el llanto eterno de mi niño interno pueden parar su
avance. Lucho. Sigo luchando aun cuando flaquean mis fuerzas. Aun cuando deja
de entrar la luz. Aun cuando el agua llega hasta mi frente fría. Sin aliento
sacudo mi cuerpo casi sin vida, pataleando hacia la superficie dura y eterna. Y
ahí me quedo, tirado mirando el infinito profundo de la noche, que me envuelve
y me acaricia como si supiera que necesito un abrazo infinito.
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